martes, 28 de junio de 2011

Trabajo Práctico Nº 2: Cabecita negra

Hacer click y completar el formulario correspondiente al cuento "Cabecita negra"

https://sites.google.com/site/trabajospracticosdelyl2011/-cabecita-negra-de-german-rozenmacher

"Cabecita Negra", Historieta

Versión adaptada e ilustrada que apareció en la revista Fierro Nº16,diciembre de 1985, del cuento "Cabecita negra", de German Rozenmacher, publicado por primera vez en 1961. 

"Cabecita Negra", Germán Rozenmacher





El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.
Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.
Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tes de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía qúejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz -un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No no podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran "señor". Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.
De pronto una muier gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, hacienclo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso "Para Damas" en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.
- Quiero ir a casa, mamá - lloraba - . Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.
Era un china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrio, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.
- ¿Qué están haciendo ahí ustedes dos?, la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintio una mano sobre su hombro.
- A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la via pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.
- Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
Entonces se dio cuenta que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
- Viejo baboso, dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro v sobrador que tenía adelante. - Hacéte el gil ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
- Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.
- Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? - Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
- Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos?, dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una verguenza inútil.
- Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer - dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.
De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.
- Señor agente - le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.
- Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto. - Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró - . Vivo ahí al lado - gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.
- Dame café - dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca, Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuando se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había pedido estudiar violín tenía un hermoso tocadistos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué líbros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que esuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.
- Qué le hiciste - dijo al fin el negro.
- Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de... - el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.
- Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa ella se vino a trabajar como muchacha, una chica una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpear]o, a patear]o en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
- Este no es, José. - Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida humillada del otro y vio que se detenía bruscamenté y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fín, sintió que algo tontamente le decía adentro "Por fin se me va este maldito insomnio" y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? "Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada", trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. "La chusma", dijo para tranquilizarse, "hay que aplastarlos, aplastarlos", dijo para tranquilizarse. "La fuerza pública", dijo, "tenemos toda la fuerza pública y el ejército", dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

jueves, 26 de mayo de 2011

Jerome K. Jerome



LOS TRABAJOS DE TÍO PODGER  (Del libro “tres hombres en un bote”)



“... Tengo un amigo, Harris, tan dispuesto a cargar con el peso de todo, y a ponerlo en las espaldas de otra gente. Me recuerda siempre a mi pobre tío Podger. Nadie ha visto jamás tanta conmoción en una casa como la que había cuando mi tío Podger se ocupaba de hacer un trabajo.
Un día, por ejemplo, llegó a la casa una pintura que habían mandado a enmarcar y allí permaneció en el comedor, esperando a ser colgada; cuando tía Podger preguntó qué había que hacer al respecto, tío Podger dijo naturalmente: “Oh, déjenmelo a mí. Ustedes no se preocupen por eso. Yo me encargo de todo”.
Entonces se quitó el saco y empezó. Envió a la muchacha a comprar seis peniques de clavos y, luego, a uno de los muchachos tras ella, para decirle qué medida pedir; y de allí en más, puso en marcha, paulatinamente, a la casa entera.
-¡Ve y tráeme el martillo, Bill -gritaba-,  y tú tráeme la regla, Tom! Voy a necesitar la escalera, y me vendría bien también una silla de la cocina. Y Jim, ¡ve a casa del señor Goggles y dile: “Papá le envía sus saludos, espera que su pierna esté mejor, y dice di podría prestarle su nivel”! Tú no vayas, María, porque necesitaré que alguien me sostenga la luz. Y cuando la muchacha vuelva, debe ir de nuevo a comprar un poco de cuerda para el cuadro. ¡Y Tom!... ¿Dónde está Tom? Tom, ven aquí; necesitaré que me alcances el cuadro.
Acto seguido, alzó el cuadro y se le cayó; la lámina se salió del marco; trató de salvar el vidrio y se cortó; entonces se puso a saltar por el comedor, buscando su pañuelo. No podía encontrar el pañuelo, porque estaba en el bolsillo del saco que se había quitado y, como no sabía dónde había puesto el saco, todos en la casa tuvieron que dejar de buscar las herramientas para ponerse a buscar su saco; mientras tanto, él se metía en el medio, estorbando.
-¿Nadie, en toda la casa, sabe dónde está mi saco? ¡Jamás en mi vida vi un grupo así, lo juro! ¡Seis personas! ¡Y no pueden encontrar un saco que me quité hace menos de cinco minutos! De toda la...
Entonces se levantó y descubrió que estaba sentado encima del saco.
-¡Oh, ya pueden dejar de buscarlo! –exclamó- . Lo encontré yo mismo. Da igual pedirle al gato que lo encuentre, si debo esperar que ustedes lo hagan.
Y después de que pasó media hora vendándose el dedo, conseguimos un vidrio nuevo y llevamos las herramientas, la escalera, la silla y el candelabro, hizo que toda la familia, incluidas la criada y la fregona, se parase en semicírculo a su alrededor, lista para ayudar. Dos personas tenían que sujetar la silla; una tercera lo ayudó a subirse a ella y lo sostenía; una cuarta le alcanzó un clavo y una quinta le pasó el martillo; tío Podger agarró el clavo y se le cayó.
-¡Ahí tienen! –dijo con tono ofendido-. Ahora se perdió el clavo.
Y todos tuvimos que arrodillarnos para buscarlo, mientras él seguía sobre la silla, gruñendo y preguntando si debía esperar allí toda la tarde.
Finalmente encontramos el clavo; pero, para entonces, había perdido el martillo.
-¿Dónde está el martillo? ¿Qué hice con el martillo? ¡Santo Cielo! ¡Son siete personas papando moscas, que no saben qué hice con mi martillo!
Cuando encontramos el martillo, no veía en qué lugar estaba la marca que había hecho en la pared donde debía ir el clavo, y uno por uno debimos subimos con él a la silla, para ver si la hallábamos. Cada uno la descubrió en un sitio distinto y, uno por uno, nos dijo que bajáramos, llamándonos tontos a todos. Tomó la regla y volvió a medir: vio que lo quería a la mitad de treinta y una pulgadas y tres octavos del rincón; quiso hacer la cuenta mentalmente y se enfureció.
Todos tratamos de hacer la cuenta mentalmente, y todos llegamos a diferentes resultados, burlándonos de nosotros recíprocamente. En la riña general, olvidamos el número del principio, por lo que tío Podger debió medir nuevamente.
Esta vez usó un trozo de cuerda. En el momento crítico, cuando el viejo tonto estaba inclinando la silla en un ángulo de cuarenta y cinco grados para tratar de estirarse tres pulgadas más de lo que podía, la cuerda se le soltó y fue a dar sobre el piano, produciendo un efecto musical realmente magnífico al golpear de repente todas las notas con la cabeza y el cuerpo al mismo tiempo.
Tía María dijo que no permitiría que los niños se quedaran allí, escuchando semejante lenguaje.
Por fin, el tío Podger marcó el punto una vez más; sostuvo entonces el clavo con la mano izquierda y tomó el martillo con la derecha. Con el primer golpe, se aplastó el pulgar y, dando un grito, soltó el martillo sobre el pie de alguien.
Tía María observó amablemente que tío Podger debía avisarle con tiempo la próxima vez que fuera a poner un clavo en la pared, así ella podría arreglar para pasar una semana con su madre mientras se realizaba la tarea.
-Oh, ustedes las mujeres arman un escándalo por todo –replicó tío Podger, recomponiéndose-. A mí me gusta hacer estos trabajitos.
Entonces hizo otro intento; al segundo golpe, el clavo se hundió hasta el fondo en el revoque, y tras él medio martillo, y tío Podger estrelló la nariz contra la pared por el impulso.
De modo que tuvimos que encontrar nuevamente la regla y la cuerda, y hubo que hacer un nuevo agujero. Hacia la medianoche, el cuadro estaba colgado, torcido e inseguro. A su alrededor, la pared se veía como si le hubieran pasado un rastrillo y todo el mundo estaba harto y agotado, salvo tío Podger.
- Ahí tienen –dijo, bajando pesadamente de la silla a los callos de la fregona y contemplando con evidente orgullo el zafarrancho que habíamos hecho-. ¡Pensar que hay gente que le paga a alguien para hacer una tontería como ésta!....”

Mempo Giardinelli



yarará como manguera



Todos los años, para esta fecha, me da por acordarme de aquel diciembre, tórrido y húmedo como éste. Habían caído lluvias como para el campeonato mundial y nosotros volvíamos de Samuhú. Mi papá, al volante de su Ford ‘40 negro y con gomas pantaneras, para mí era Súperman. El Tano Poletti fumaba a su lado y yo iba sentadito en el asiento de atrás, cubierto de polvo y atento a los bichos que a la hora del crepúsculo entraban por las ventanillas como municiones; eran lo único malo de viajar por esos caminos de tierra y lodo. Uno iba ahí como en un barco, meta dar bandazos como muñequito con resorte. Pero yo tenía ocho años y me encantaba ese ritual decembrino que seguía a la terminación de las clases.
Los caminos del Chaco y de Formosa eran horribles: apenas huellas abiertas por los camiones cargados de algodón que salían de las chacras. Pero mi viejo los conocía metro a metro porque era viajante de comercio de un montón de productos que introdujo en los 40 y 50: marcas como Nestlé, Terrabusi, Aguila, los vinos Norton y el agua mineral.
Aquella tarde del 24 hacía un calor de mil infiernos y el Ford bufaba recalentado, jalando esforzadamente el acopladito de dos ruedas que mi viejo enganchaba del paragolpes trasero. En la cabina el humor era espeso, porque eran las ocho de la noche y queríamos llegar a casa a las once, pero por los pozos y barriales apenas se podía ir a veinte por hora y encima ya habíamos pinchado dos veces y no teníamos más cubiertas de repuesto.
De pronto el Ford pegó un brinco y pareció que se iba a la cuneta. Papá lo contuvo de un volantazo mientras frenaba y yo en el acto me di cuenta: habíamos pinchado nuevamente. “Se jodió la fiesta”, anunció. El Tano escupió tabaco y se rió: “¡Buon Natale con acqua!” y miró para atrás y me regaló un guiño. El acopladito estaba lleno de botellas de agua mineral.
Mi viejo se bajó a mirar la goma destrozada y el Tano se fue a orinar entre unos yuyos. Cuando se dio vuelta para regresar, de pronto pegó un salto en el aire mientras soltaba una puteada en dialecto y gritaba: “¡Una víbora, hic’una putana, una yarará como manguera!”.
En el mismo segundo en que el Tano caía, mi papá metió la mano bajo el asiento, sacó un machete y se estiró sobre el Tano y le encajó a la víbora primero un planazo y luego un a fondo de filo que la descabezó. “¡No bajés que pueden andar en yunta!”, me gritó a mí y jaló al Tano hasta el coche. Este gritaba, desesperado, que por favor no lo dejara morir.
Papá, velozmente, lo ayudó a acostarse en el asiento. En silencio y sin hacer caso de sus gritos, le agarró la pierna, le quitó la media y el zapato, le miró la picadura sobre el tobillo y tras decirle ahora aguantáte le encajó un mordiscón y empezó a chupar. Lo hizo sin asco, mecánicamente y como si no fuese la primera vez. Chupaba y escupía. Se pasaba el brazo por la boca y volvía a chupar y a escupir. Así varias veces y al final echó tabaco picado sobre la herida. Después le desgarró el pantalón hasta la rodilla, se quitó la camisa, la rompió en tiras y empezó a hacerle un torniquete abajo del menisco. El Tano gritaba como las monas cuando andan con cría. Tenía un susto tan grande que lloraba preguntando si estaba seguro de haber matado a esa guacha. Calláte y dejáme, decía papá mientras pasaba un destornillador por entre el nudo de las telas y lo giraba lento y firme apretando músculos y venas para impedir que la sangre envenenada subiese al resto del cuerpo.
La herida era chiquita, como ojos de japonés, dos rayitas que parecían cosa de nada. Pero ellos sabían que no era nomás lo que parecía. El Tano aullaba a cada vuelta del torniquete y se agarraba de la puerta del coche soportando el dolor. Y en ningún momento dejó de putear. Yo miraba todo con ojos como palanganas, fascinado por la desesperación del Tano y la concentración y diligencia de mi viejo. Desde el asiento de atrás podía ver, también, el lomo gris-verdoso de la yarará muerta, ancho como de cinco centímetros.
Después mi viejo sacó el cortaplumas y sin hacer caso de los gritos del Tano agrandó la herida, que ya se empezaba a amoratar. Apretó un poco más para que manase sangre mientras decía no te marees, Tano, no te marees. Yo había escuchado conversaciones sobre picaduras de yarará y aunque jamás había visto una sabía que si el atacado se marea, ve turbio y se le aflauta la voz es hombre muerto.
Por eso me tranquilicé cuando de golpe el Tano se desmayó. Papá me hizo pasar adelante y lo extendió sobre el asiento trasero. Después se hizo unos buches con ginebra Llave y enseguida se mandó media botella y empezó a putear él también. Sólo un rato después pateó la víbora hacia la banquina, se sentó al volante y me tomó de la cabeza y me abrazó.
–Navidad de mierda que vamos a pasar.
–¿Se va a morir?
–Si pasa alguien, capaz que con suero lo salvan. ¿Pero quién va a pasar por aquí?
El sabía que justo ese día y a esa hora la respuesta era nadie. Con voz grave dijo que esa Navidad sólo teníamos agua mineral y un amigo en emergencia. Y que si acaso mi vieja tenía razón y Dios existía, entonces que le rezara por el Tano.
Al rato trajo dos botellas. Como estaban calientes, las puso sobre el techo. También sacó un paquete de galletitas y me lo dio. El Tano deliró un rato, con una fiebre altísima. Papá le pasaba un pañuelo húmedo por la frente y le mojaba los labios. Cuando vio que eran las doce me abrazó fuerte y yo me di cuenta de que lloraba.
Las noches de verano no son largas en el Chaco y aquella además fue luminosa, impresionante, de esas en las que parece que el firmamento bajara hasta ponerse al alcance de la mano. El cielo estrellado era espectacular y hasta pude ver una mancha blanca que papá me dijo que era la vía láctea. Era tan lindo que yo pensé que todo iba a salir bien, además aquel verano todo el mundo andaba optimista y el Tano y mi viejo planeaban hacer guita grossa.
Después papá me ordenó que durmiera y yo cerré los ojos. Al ratito se fue al asiento trasero y lo abrazó al Tano, que parecía dormir. El viejo lo sostenía entre sus brazos como esas vírgenes de las estampitas que lo tienen así a Jesús. Y después no sé qué pasó: yo recé un montón hasta que me quedé dormido.
Cuando amanecía y el sol comenzaba a picar nos encontraron unos paisanos en un tractor. Venían medio mamados y no entendieron nada: el Tano estaba como dormido y con la boca abierta, en brazos de mi viejo, y yo espantaba las moscas hablando solito, regular como un sapo, aterrorizado porque había visto a la Muerte por primera vez.

lunes, 2 de mayo de 2011

martes, 12 de abril de 2011

HORACIO QUIROGA III





Los cazadores de ratas

    Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído.
    - Es el ruido que hacían aquéllos... -murmuró la hembra.
    - Sí, son voces de hombres, son hombres -afirmó el macho.
    Y pasando una por encima de la otra se retiraron veinte metros. Desde allí miraron. Un hombre alto y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acercado y hablaban observando los alrededores. Luego, el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto que la mujer clavaba estacas en los extremos de cada recta. Conversaron después, señalándose mutuamente distintos lugares, y por fin se alejaron.
    - Van a vivir aquí -dijeron las víboras-. Tendremos que irnos.
    En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con un hijo de tres años y una carreta en que había catres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas a la baranda. Instalaron la carpa, y durante semanas trabajaron todo el día. La mujer interrumpíase para cocinar, y el hijo, un osezno blanco, gordo y rubio, ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato.
    Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos -aunque a éste faltaban aún las puertas. Después, el hombre ausentóse por todo un día, volviendo al siguiente con ocho bueyes y la chacra comenzó.
    Las víboras, entre tanto, no se decidían a irse de su paraje natal. Solían llegar hasta la linde del patio carpido, y desde allí miraban la faena del matrimonio. Un atardecer en que la familia entera había ido a la chacra, las víboras animadas por el silencio, se aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron en el rancho. Recorriéndolo, con cauta curiosidad, restregando su piel áspera contra las paredes.
    Pero allí había ratas; y desde entonces tomaron cariño a la casa. Llegaban todas las tardes hasta el límite del patio y esperaban atentas a que aquélla quedara sola. Raras veces tenían esa dicha. Y a más, debían precaverse de las gallinas con pollos, cuyos gritos, si las veían, delatarían su presencia.
    De este modo, un crepúsculo en que la larga espera habíalas distraído, fueron descubiertas por una gallineta, que después de mantener un rato el pico extendido, huyó a toda ala abierta, gritando. Sus compañeras comprendieron el peligro sin ver, y la imitaron.
    El hombre, que volvía del pozo con un balde, se detuvo al oír los gritos. Miró un momento, y dejando el balde en el suelo se encaminó al paraje sospechoso. Al sentir su aproximación, las víboras quisieron huir, pero únicamente una tuvo el tiempo necesario, y el colono halló sólo al macho. El hombre echó una rápida ojeada alrededor buscando un arma y llamó -los ojos fijos en el gran rollo obscuro:
    -¡Hilda! ¡Alcánzame la azada, ligero! ¡Es una serpiente de cascabel!
    La mujer corrió y entregó ansiosa la herramienta a su marido.
    Tiraron luego lejos, más allá del gallinero, el cuerpo muerto, y la hembra lo halló por casualidad al otro día. Cruzó y recruzó cien veces por encima de él, y se alejó al fin, yendo a instalarse como siempre en la linde del pasto, esperando pacientemente a que la casa quedara sola.
    La siesta calcinaba el paisaje en silencio; la víbora había cerrado los ojos amodorrada, cuando de pronto se replegó vivamente: acababa de ser descubierta de nuevo por las gallinetas, que quedaron esta vez girando en torno suyo, gritando todas a contratiempo. La víbora mantúvose quieta, prestando oído. Sintió al rato ruido de pasos -la Muerte-. Creyó no tener tiempo de huir, y se aprestó con toda su energía vital a defenderse.
    En la casa dormían todos, menos el chico. Al oír los gritos de las gallinetas, apareció en la puerta, y el sol quemante le hizo cerrar los ojos. Titubeó un instante, perezoso, y al fin se dirigió con su marcha de pato a ver a sus amigas las gallinetas. En la mitad del camino se detuvo, indeciso de nuevo, evitando el sol con el brazo. Pero las gallinetas continuaban en girante alarma, y el osezno rubio avanzó.
    De pronto lanzó un grito y cayó sentado. La víbora, presta de nuevo a defender su vida, deslizóse dos metros y se replegó. Vio a la madre en enaguas y los brazos desnudos asomarse inquieta; la vio correr hacia su hijo, levantarlo y gritar aterrada.
    -¡Otto, Otto! ¡Lo ha picado una víbora!
    Vio llegar al hombre, pálido, y lo vio llevar en sus brazos a la criatura atontada. Oyó la carrera de la mujer al pozo, sus voces. Y al rato, después de una pausa, su alarido desgarrador:
    -¡Hijo mío!...

HORACIO QUIROGA II


                                                                                   

El hombre muerto

    El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
    Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
    El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...?
    No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
    Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
    El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
    ¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
    ¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
    El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
    ¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
    ...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
    ¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
    ...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
    Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.