jueves, 26 de mayo de 2011
Jerome K. Jerome
LOS TRABAJOS DE TÍO PODGER (Del libro “tres hombres en un bote”)
“... Tengo un amigo, Harris, tan dispuesto a cargar con el peso de todo, y a ponerlo en las espaldas de otra gente. Me recuerda siempre a mi pobre tío Podger. Nadie ha visto jamás tanta conmoción en una casa como la que había cuando mi tío Podger se ocupaba de hacer un trabajo.
Un día, por ejemplo, llegó a la casa una pintura que habían mandado a enmarcar y allí permaneció en el comedor, esperando a ser colgada; cuando tía Podger preguntó qué había que hacer al respecto, tío Podger dijo naturalmente: “Oh, déjenmelo a mí. Ustedes no se preocupen por eso. Yo me encargo de todo”.
Entonces se quitó el saco y empezó. Envió a la muchacha a comprar seis peniques de clavos y, luego, a uno de los muchachos tras ella, para decirle qué medida pedir; y de allí en más, puso en marcha, paulatinamente, a la casa entera.
-¡Ve y tráeme el martillo, Bill -gritaba-, y tú tráeme la regla, Tom! Voy a necesitar la escalera, y me vendría bien también una silla de la cocina. Y Jim, ¡ve a casa del señor Goggles y dile: “Papá le envía sus saludos, espera que su pierna esté mejor, y dice di podría prestarle su nivel”! Tú no vayas, María, porque necesitaré que alguien me sostenga la luz. Y cuando la muchacha vuelva, debe ir de nuevo a comprar un poco de cuerda para el cuadro. ¡Y Tom!... ¿Dónde está Tom? Tom, ven aquí; necesitaré que me alcances el cuadro.
Acto seguido, alzó el cuadro y se le cayó; la lámina se salió del marco; trató de salvar el vidrio y se cortó; entonces se puso a saltar por el comedor, buscando su pañuelo. No podía encontrar el pañuelo, porque estaba en el bolsillo del saco que se había quitado y, como no sabía dónde había puesto el saco, todos en la casa tuvieron que dejar de buscar las herramientas para ponerse a buscar su saco; mientras tanto, él se metía en el medio, estorbando.
-¿Nadie, en toda la casa, sabe dónde está mi saco? ¡Jamás en mi vida vi un grupo así, lo juro! ¡Seis personas! ¡Y no pueden encontrar un saco que me quité hace menos de cinco minutos! De toda la...
Entonces se levantó y descubrió que estaba sentado encima del saco.
-¡Oh, ya pueden dejar de buscarlo! –exclamó- . Lo encontré yo mismo. Da igual pedirle al gato que lo encuentre, si debo esperar que ustedes lo hagan.
Y después de que pasó media hora vendándose el dedo, conseguimos un vidrio nuevo y llevamos las herramientas, la escalera, la silla y el candelabro, hizo que toda la familia, incluidas la criada y la fregona, se parase en semicírculo a su alrededor, lista para ayudar. Dos personas tenían que sujetar la silla; una tercera lo ayudó a subirse a ella y lo sostenía; una cuarta le alcanzó un clavo y una quinta le pasó el martillo; tío Podger agarró el clavo y se le cayó.
-¡Ahí tienen! –dijo con tono ofendido-. Ahora se perdió el clavo.
Y todos tuvimos que arrodillarnos para buscarlo, mientras él seguía sobre la silla, gruñendo y preguntando si debía esperar allí toda la tarde.
Finalmente encontramos el clavo; pero, para entonces, había perdido el martillo.
-¿Dónde está el martillo? ¿Qué hice con el martillo? ¡Santo Cielo! ¡Son siete personas papando moscas, que no saben qué hice con mi martillo!
Cuando encontramos el martillo, no veía en qué lugar estaba la marca que había hecho en la pared donde debía ir el clavo, y uno por uno debimos subimos con él a la silla, para ver si la hallábamos. Cada uno la descubrió en un sitio distinto y, uno por uno, nos dijo que bajáramos, llamándonos tontos a todos. Tomó la regla y volvió a medir: vio que lo quería a la mitad de treinta y una pulgadas y tres octavos del rincón; quiso hacer la cuenta mentalmente y se enfureció.
Todos tratamos de hacer la cuenta mentalmente, y todos llegamos a diferentes resultados, burlándonos de nosotros recíprocamente. En la riña general, olvidamos el número del principio, por lo que tío Podger debió medir nuevamente.
Esta vez usó un trozo de cuerda. En el momento crítico, cuando el viejo tonto estaba inclinando la silla en un ángulo de cuarenta y cinco grados para tratar de estirarse tres pulgadas más de lo que podía, la cuerda se le soltó y fue a dar sobre el piano, produciendo un efecto musical realmente magnífico al golpear de repente todas las notas con la cabeza y el cuerpo al mismo tiempo.
Tía María dijo que no permitiría que los niños se quedaran allí, escuchando semejante lenguaje.
Por fin, el tío Podger marcó el punto una vez más; sostuvo entonces el clavo con la mano izquierda y tomó el martillo con la derecha. Con el primer golpe, se aplastó el pulgar y, dando un grito, soltó el martillo sobre el pie de alguien.
Tía María observó amablemente que tío Podger debía avisarle con tiempo la próxima vez que fuera a poner un clavo en la pared, así ella podría arreglar para pasar una semana con su madre mientras se realizaba la tarea.
-Oh, ustedes las mujeres arman un escándalo por todo –replicó tío Podger, recomponiéndose-. A mí me gusta hacer estos trabajitos.
Entonces hizo otro intento; al segundo golpe, el clavo se hundió hasta el fondo en el revoque, y tras él medio martillo, y tío Podger estrelló la nariz contra la pared por el impulso.
De modo que tuvimos que encontrar nuevamente la regla y la cuerda, y hubo que hacer un nuevo agujero. Hacia la medianoche, el cuadro estaba colgado, torcido e inseguro. A su alrededor, la pared se veía como si le hubieran pasado un rastrillo y todo el mundo estaba harto y agotado, salvo tío Podger.
- Ahí tienen –dijo, bajando pesadamente de la silla a los callos de la fregona y contemplando con evidente orgullo el zafarrancho que habíamos hecho-. ¡Pensar que hay gente que le paga a alguien para hacer una tontería como ésta!....”
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